Era una mañana soleada de julio de 2006.  Me encontraba en el pintoresco pueblo de Cooperstown para la exaltación de Willard Brown al Salón de la Fama del Béisbol. La calle principal, repletas de tiendas con memorabilia, eran visitadas por los amantes del béisbol buscando esa pieza que les faltara a su colección o simplemente(…)